martes, 11 de noviembre de 2014

 


                          E L   P A R A I S O


Transcurría el año del señor de 1.335.  Abdón, nuestro protagonista era un humilde fraile de un Monasterio Cisterciense, fundado 37 años antes por Jaime II de Aragón, y ubicado en un fértil valle de la costa levantina.

Fray Abdón estaba completamente adaptado a la vida sencilla del monasterio, no obstante, por las noches, después de los pertinentes rezos, su imaginación volaba, soñando con que un día podría encontrar el Paraiso Terrenal, aquel hermoso jardín del Edén, donde Dios en su infinita bondad había colocado a nuestros primeros padres Adán y Eva y del cual, por su soberbia al querer igualarse a Él en poder y sabiduría, habían sido expulsados tanto ellos como sus descendientes, quizás para toda la eternidad.


 

Una mañana se presentó ante el Abad y le manifestó sus inquietudes y el deseo de hallar aquel paraíso perdido,mostrándose dispuesto a arrostrar los peligros de un viaje tan largo. Debía cruzar toda Europa y adentrarse en tierras de infieles, corriendo seguramente grandes riesgos y teniendo asumida la posibilidad de perder la vida, si bien esto no le preocupaba pues lo hacia para mayor gloria de Dios y de la Iglesia. El Abad hizo sus cálculos y pensó que la vida de aquel fraile tenía muy poca importancia comparada con la fama que daría a su Orden y a su Monasterio si la aventura de aquel loco tenia éxito, así pues le dio su permiso y su bendición.

Al dia siguiente, apenas amanecido, el buen fraile partió del Monasterio en dirección norte, con unas mínimas pertenencias, algo de comida y agua  y un asno que le facilitaron por orden del Abad.

Los frailes del Monasterio lamentaron su marcha, pues Fray Abdón tenía una gran habilidad para conocer las distintas clases de plantas y sus posibilidades curativas, lo cual había mejorado sensiblemente la salud de la Comunidad.
ontinuó su caminata a pie, de aldea en aldea viviendo de la ayuda de las parroquias y de la caridad de las gentes a las que ofrecía sus conocimientos para aliviarles las enfermedades cuando era posible.

 Poco antes de cruzar la frontera entre el Reino de Aragón y Francia fue asaltado por unos malhechores que le robaron el asno.  El resto de sus pertenencias, un crucifijo de madera, sus viejas ropas y una bolsa con distintas hierbas, no fueron objeto de atención de los ladrones.

C Venecia ofreció sus servicios al guía de una caravana que se dirigía al oeste y que tras cruzar Europa, atravesaría también las tierras de los infieles.  Fue aceptado de buen grado debido a lo útiles que podían ser a lo largo del viaje sus conocimientos de medicina.

La caravana partió de Venecia, primero en dirección Este y posteriormente siguiendo la linea de la costa para evitar las zonas en guerra entre búlgaros y turcos selyúcidas.

Nuestro buen fraile pudo comprobar que las cosechas eran abundantes y que los paises que iba atravesando se habían recuperado de la gran hambruna producida por la pequeña edad del hielo sufrida en Europa 20 años antes.

La caravana llegó a Constantinopla donde se fragmentó y los componentes se adhirieron a
otras caravanas que partían para distintos destinos, en una de las cuales se enroló nuevamente.

Durante casi 10 años estuvo viajando por aquellos países, a veces con caravanas, a veces solo, viviendo de la caridad o de sus conocimientos para curar enfermedades.  Durante este tiempo atravesó desiertos inhóspitos, vio ciudades monumentales, inmensos palacios de una riqueza inigualable, poblados miserables donde las gentes morían de hambre, ejércitos victoriosos cargados de riquezas producto de su rapiña sobre los vencidos, ejércitos en retirada con los soldados descalzos, heridos y hambrientos. 


Por fin, desengañado de alcanzar su objetivo, decidió regresar, y tras años de viaje, desde lo alto de una colina divisó a lo lejos la silueta de su monasterio.  Como estaba anocheciendo, decidió pasar la noche en una pequeña cueva al abrigo del viento.

Esa noche soñó que se le aparecía Dios y le decía que había buscado en vano aquel jardín del que creía que habían sido expulsados Adán y Eva.  Le dijo que su viaje había sido importante
porque le había permitido conocer el mundo y a los hombres.  Que el paraíso no era un jardín, sino toda la Tierra, y que correspondía al hombre hacer de ella un paraíso o un infierno.

Fray Abdón despertó al amanecer y contempló su valle con los primeros rayos del sol.  El rocío cubría  las plantas y les daba un brillo especial, hasta él llegaba el sonido de la campana de la capilla del monasterio y el aroma de la tierra mojada y vió como los campesinos, unos a pie y otros montados en asnos se dirigían a su trabajo por los caminos de la huerta entre naranjos, algarrobos y viñas.

Esto es el paraíso, pensó, y se dirigió lentamente al Monasterio....

Ese mismo año se desató una epidemia de peste que acabó con más de la mitad de la población de Europa.

¿Infierno o Paraíso?... Quizás ambas cosas a la vez......




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